Algún día le contaré a mis nietos la historia de una chica de casi 25 años quien estaba pasando por una depresión que la tenía todo el día, todos los días, melancólica y al borde del llanto. Había comenzado a estudiar de nuevo, pero se había esfumado toda pasión en su alma. Estaba lejos de su tierra, lejos de sus amigos y su novio la había abandonado emocionalmente hacía mucho tiempo antes que decidiera decir adiós en forma física también. No salía de su casa (a excepción de las veces que tenía que acompañar a su madre a comer) y pasaba el día acostada frente a la TV, sin ver nada.
Lo único que encendía un poco la mecha de su pasión por la vida casi extinta era la música. Y ya tampoco la disfrutaba como antes.
Un día se confirmó la vista al país, y el consiguiente concierto, de uno de sus ídolos de infancia, el hombre que había liderado el grupo favorito de su padre, el hombre por el cual su padre (esta chica sufría un poco del mal de Electra) se había convertido en músico. Su padre había ido al concierto de este mismo hombre 18 años atrás y había dicho "No puedo morir tranquilo porque ustedes (la chica y su hermanito) están muy pequeños, pero puedo decir que saldé una deuda que tenía conmigo mismo desde mi adolescencia".
La chica se endeudó y pagó dinero que no tenía por una entrada al concierto, en cancha, junto a su hermano. Su hermano tuvo un accidente menor y decidió ceder su entrada a una de las mejores amigas de esta chica.
¡Ah! ¡Cómo contó los días para viajar a la capital y asistir al concierto!
Y se le cayeron las lágrimas cuando PAUL MCCARTNEY, el ex- Beatle, ex-Wings, cantó "Hey Jude".
Esa noche, después del recital, me dormí cansada pero llena de esperanza.
¡Tomaré una canción triste y la mejoraré!

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